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La filosofia en la definicion de la identidad del adolescente

La filosofía en la definición de la identidad del adolescente

En el presente trabajo escrito me propongo abordar desde la múltiple perspectiva filosófica y psicológica una problemática propia del adolescente: la definición de su identidad.

Antes de reflexionar sobre la problemática relativa a la definición de la identidad del adolescente, es necesario diferenciar identidad con identificación. “Esta última alude a un proceso defensivo del yo por el cual el menor adquiere una seguridad relativa y transaccional al “identificarse” parcialmente con personas de su entorno. El destino de la totalidad de las identificaciones no es formar acumulativamente una identidad final, porque ésta –aunque las incluya– constituye una forma nueva e imprevisible. La posibilidad de auténtica intimidad se alcanza cuando hemos logrado la certeza de la propia identidad”[1].

El joven necesita, ante todo, definir su identidad. El adolescente se pregunta ¿Quién es él? El muchacho de una manera consciente o inconsciente se pregunta: “¿Quién soy yo?” Él está buscándose a sí mismo, y por ello debe tratar de responder a esa pregunta antes de preguntarse qué hará en la vida. El joven busca su propia identidad, ya que una de las tareas de la adolescencia es saber quién es él realmente. En la búsqueda de la identidad el estudiante debe ir integrando no sólo los elementos nuevos que han surgido dentro y fuera de él, sino también debe asumir toda su vida pasada que no puede ser eliminada. Según Estanislao Zuleta, la identidad es la esencia de nuestro ser; y la desgracia de nuestro ser es que no tengamos una identidad dada, que tengamos que conquistarla, con nuestra vida, con nuestra historia; y agrega que la persona es capaz de hacerse matar en la búsqueda de una identidad, que es lo que más nos hace falta; que es lo que más nos oprime no tener. La identidad coincide con la totalidad del ser.

La identidad se define como el conjunto de rasgos propios de un individuo que lo caracterizan frente a los demás, o como la conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás, o el hecho de ser alguien o algo, el mismo que se supone o se busca. Según el psiquiatra Sergio Muñoz Fernández[2]entendemos por identidad la sensación de continuidad y mismidad, es decir, de ser uno mismo y lo que le permite al individuo diferenciarse de los demás. “¿Qué es la identidad y cómo surge en el desarrollo del adolescente? Identidad, significa principalmente adecuación y fortaleza del yo: equilibrio, madurez, integridad personal, razonabilidad y confiabilidad; adecuado grado de satisfacción personal y de adaptación y responsabilidad social; expresión espontánea y seguridad en uno mismo. La identidad del individuo se desarrolla desde la niñez, con las experiencias positivas y negativas que se adquieren durante el desarrollo psicológico, social y fisiológico. El concepto de identidad es un término muy amplio que engloba los aspectos generales de la personalidad del sujeto en su totalidad, en las que se suscriben fundamentalmente la integración de nuevas culturas y su asimilación de normas sociales, valores, creencias, costumbres, etc., que determinan las características e interacciones personales y sociales de los componentes más significativos en el mundo único y personal del ser humano”[3].

La identidad indica la individualidad de cada persona para definirla en función de sus propios atributos personales. “La palabra identidad también se usa para referirse a la coherencia de nuestro propio yo, tanto física como psíquica a lo largo del tiempo”[4]. Su propia identidad es el conjunto de conocimientos acerca de quién es y qué es. “Quizás la tarea más importante de la adolescencia consiste en la búsqueda (o más bien la construcción) de la propia identidad; es decir, la respuesta a la pregunta “quién soy en realidad”. Los adolescentes necesitan desarrollar sus propios valores, opiniones e intereses y no sólo limitarse a repetir los de sus padres. Han de descubrir lo que pueden hacer y sentirse orgullosos de sus logros. Desean sentirse amados y respetados por lo que son, y para eso han de saber primero quiénes son”[5]. Ningún adolescente quiere ser copia de otra persona, así sean sus padres, por más que los ame y respete. “Ésta es la época de los ideales y de las utopías, que hacen variar el comportamiento ante familiares y personas conocidas”[6]. La psicóloga y socióloga Daniela Castaldi señala que el adolescente paulatinamente dejará de idealizar lo relativo a su hogar, girando menos en torno de sus padres y buscando relaciones con personas nuevas de las cuales aprenderá otras visiones para iluminar con renovadas luces su universo. “Estos hechos implican un gran esfuerzo, a nivel de trabajo psíquico: de a poco el púber se va transformando en adolescente y, al igual que la mariposa abandona su primer cuerpo para poder volar, el adolescente deberá resignar lugares, certezas, comodidades, para buscar por sí mismo un nuevo ropaje, una nueva identidad. Sin dudas se servirá de los cimientos que hayan otorgado por sus padres y otras personas significativas para comenzar a construir un nuevo edificio, pero ahora no serán ellos los “dueños de la verdad”, ni aquellos seres perfectos que en otra época imagino”[7].

El problema crítico en esta etapa, según el psicólogo Eric Erikson, consiste en encontrar la propia identidad. En su opinión, la identidad se logra al integrar varios roles en un patrón coherente que le brinde el sentido de continuidad o identidad internas. “El problema básico de la adolescencia es establecer un sentimiento seguro de identidad. Desde el punto de vista del joven esto es esencialmente contestar al interrogante: “¿Quién soy yo?”[8]. En concepto de Erikson, ese ¿Quién soy yo? Es la ideología del adolescente. “Esta ideología es el marco básico dentro del cual los adolescentes se ven a sí mismos y su mundo y, lo que es más importante, evalúan sus experiencias cotidianas. Éstas son básicamente las ideas que utilizan para entender el mundo, más el sistema de valores que les sirve de base para juzgar lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo. En lugar de verse a sí mismos en función de diversas sensaciones físicas o de diversos papeles, la ideología del adolescente le da una base para obtener un sentido integrado de sí mismo, lo cual le da a su vida dirección y significado”[9].

Durante la adolescencia, el joven tiene que descubrir quién es él en realidad debido a que su problema esencial consiste en construir un sentimiento seguro de identidad, es decir, contestar de manera satisfactoria para éste al eterno interrogante de “Quién soy yo?”. Un sentido claro de su propia identidad implica saber “¿quién soy yo y qué quiero de la vida?”. Durante la adolescencia el joven ingresa dentro de sí mismo y se formula diversos interrogantes metafísicos, porque quiere ir más allá de lo cotidiano, de su realidad inmediata, en procura de buscar la razón de su ser íntimo y de quienes lo rodean para desarrollar su ser auténtico; así, logra liberarse de su inseguridad y de su hastío. El psicólogo Robert S. Feldman, plantea que “para casi todos los adolescentes, responder a las preguntas “¿quién soy?” y “¿cómo encajo en el mundo?” representa uno de los retos más complejos de la vida. Aunque estas preguntas se siguen planteando a lo largo de la vida de una persona, en la adolescencia toman un significado especial”[10].

El adolescente se pregunta si es normal lo que siente y lo que le ocurre; su cuerpo y su intimidad son dos interrogantes que no sabe cómo comprender. Quisiera recurrir a alguien y a veces no acierta a quién. Inspecciona libros dudosos con una curiosidad ansiosa. Su inseguridad, su desconfianza, crecen dentro de un medio que lo sigue abrigando como antes, pero que él no quiere aceptar. La sensibilidad se agudiza; nadie es tan susceptible como el adolescente. Ninguno tampoco experimenta el miedo al ridículo como él y teme particularmente que se burlen de su cuerpo en crecimiento incipiente, de su rostro (ni niño, ni adulto) y se repliega para defenderse mejor, según él cree”[11].

Esta etapa de la vida, estudiada por Erikson –conocida como identidad versus confusión de roles–, “representa un período de prueba importante, ya que las personas buscan y quieren determinar lo que es único y especial respecto de sí mismas. Intentan descubrir quiénes son, cuáles son sus habilidades y qué tipos de papeles podrían desarrollar mejor el resto de su vida –en resumen, su identidad–. La confusión al elegir el rol más apropiado puede provocar una falta de identidad estable, la adquisición de un rol socialmente inaceptable como es el del delincuente, o dificultad para mantener, en el futuro, relaciones personales fuertes. En el período de identidad versus confusión de roles, es palpable una gran presión por identificar lo que deseamos hacer con nuestra vida. Debido a que esta necesidad espera de ellos, los adolescentes pueden encontrar esta etapa especialmente difícil. La etapa de identidad versus confusión de roles tiene otra característica importante: minimiza la dependencia en los adultos como fuentes de información, y un viraje hacia el grupo de pares como fuente de juicios sociales”[12].

En la búsqueda de tan compleja respuesta, el adolescente atraviesa por la amarga etapa de los ensayos y errores, que no siempre se manifiestan en cambios extremos de un punto de vista a otro. En el joven son normales los períodos de hondas preocupaciones por determinar qué es lo verdadero, qué es lo falso, qué es lo bueno, qué es lo malo, qué es lo correcto y qué es lo incorrecto. La adolescencia es una etapa de compromiso con los valores, esperanzas e ideales que en el futuro se convertirán en el centro interior de la identidad del joven. “La adolescencia es la época en la que las y los jóvenes definen su posición ante la familia, sus compañeros y compañeras y la sociedad donde viven… Los y las adolescentes comienzan a tomar riesgos y a experimentar; se comportan de esa manera debido a que están pasando de un mundo centrado en la familia a un mundo centrado en la comunidad, dentro del cual empezarán a definir su propia identidad”[13].

En el complejo proceso dinámico, sinérgico, sistemático, holístico y dialéctico de desarrollar su propio sentido de identidad, el adolescente prueba diversos puntos de vista, oscilando a veces de un extremo a otro en breve tiempo, reflejando la pauta de ensayos y errores en búsqueda de valores y creencias que puedan servirle de referencia ideológica para su adecuada identidad. En esta etapa clave de la existencia se desarrolla en el adolescente un sentido íntimo y fundamental del yo, una idea de identidad que va más allá de sensaciones físicas o de roles sociales. “La adolescencia es descrita como una época en la que el adolescente busca, quiere llegar a ser alguien pero no sabe cómo, es por eso que el adolescente hace ensayos que en ocasiones pueden ser mal vistos por la familia y la sociedad, olvidándonos los adultos que estos ensayos son necesarios para que consolide su identidad”[14].

En este período, en el que, por su condición natural de ser un individuo único e irrepetible, no quiere ser copia de los demás, anhela experimentar un sentimiento de independencia y de ser una persona única por derecho propio. “Todo joven tiene, por ley de vida, afán de independencia. Si no sabe cómo convertir lo externo en íntimo manteniendo e incluso acrecentando su autonomía personal, se ve tentado a dejar de lado cuando ha recibido de sus mayores –es decir, de fuera– en cuestión de usos y costumbres, criterios y normas morales, dogmas religiosos y prácticas piadosas, para ver de configurar su vida en el futuro conforme a criterios propios, elaborados en su interioridad. Esta ruptura con la “tradición” no supone sólo un alejamiento de sus padres, sino, más radicalmente, de la realidad que le rodea y con la que tiene que configurar su vida. Este alejamiento anula de raíz en buena medida su capacidad de crear encuentros, y, por tanto, su poder creativo”[15]. El adolescente, en búsqueda de independencia, necesita saber quién es él realidad, en procura de establecer su identidad genuina, determinar sus propios valores, y enriquecer y afirmar su personalidad. “Tal vez la tarea más importante de la adolescencia es descubrir quién soy yo realmente. Los adolescentes necesitan desarrollar sus propios valores y asegurarse que no están simplemente repitiendo sin pensar las ideas de sus padres. Deben descubrir lo que pueden hacer y sentirse orgullosos de sus propios logros. Queridos y respetados por lo que son: los adolescentes buscan su identidad en muchos espejos”[16].

El joven que alcanza la definición de su identidad no debe actuar o tomar sus decisiones fundado en órdenes, costumbres o caprichos. Fernando Savater, en su libro Ética para Amador (dirigido, precisamente, hacia a los adolescentes), señala que para no ser borregos hay que “pensar dos veces lo que hacemos”, es decir, reflexionar profundamente sobre nuestros actos; porque, para hacer uso legítimo y responsable de nuestra libertad, “más vale alejarse de órdenes, costumbres y caprichos”. En la dimensión de la libertad, el obrar humano no puede estar condicionado por órdenes, costumbres, caprichos, premios o castigos, es decir, con fundamento en aquello que quiere gobernarnos desde afuera. Se debe obrar desde dentro de nosotros mismos, desde el fuero de nuestra propia voluntad, buscando hacer lo bueno para nosotros y para los demás. Jorge Restrepo Trujillo piensa que “si el hombre es libertad, se ha ido acentuando ésta como capacidad de autodeterminación o autenticidad frente a lo que la condiciona o instrumentaliza, bajo generalizaciones como la del poder, la cultura o la naturaleza”[17].

Como el joven necesita saber qué es lo que en realidad quiere, no puede ser imbécil, ética y moralmente hablando. Esta imbecilidad se refiere a la ignorancia de no saber darse la buena vida. Si el imbécil cojea no es de los pies, sino del ánimo. Según Fernando Savater, hay varios modelos de imbéciles que necesitan bastón, es decir, necesitan apoyarse en cosas de fuera, ajenas, que no tienen nada que ver con la libertad y la reflexión propias:

“A. El que cree que no quiere nada, el que dice que todo le da igual, el que vive en un perpetuo bostezo o en siesta permanente aunque tenga los ojos abiertos y no ronque. B. El que cree que lo quiere todo, lo primero que se le presenta y lo contrario de lo que se le presenta: marcharse y quedarse, bailar y estar sentado, masticar ajos y dar besos sublimes, todo a la vez.

C. El que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo. Imita los quereres de los vecinos o les lleva la contraria porque sí, todo lo que hace está dictado por la opinión mayoritaria de los que lo rodean: es conformista sin reflexión o rebelde sin causa.

D. El que sabe que quiere y sabe lo que quiere y, más o menos, sabe por qué lo quiere pero lo quiere flojito, con miedo o con poca fuerza. A fin de cuentas, termina haciendo siempre lo que no quiere y dejando lo que quiere para mañana, a ver si entonces se encuentra más entonado.

E. El que quiere con fuerza y ferocidad, en el plan bárbaro, pero se ha engañado a sí mismo sobre lo que es la realidad, se despista enormemente y termina confundiendo la buena vida con aquello que va a hacerle polvo”. El imbécil necesita bastón, o sea apoyarse en cosas de afuera, ajenas, que no tienen nada que ver con la libertad y la reflexión propias. Un imbécil, es decir, o lo que es lo mismo, un borrego no se toma la libertad en serio, y lo serio de la libertad es que cada acto libre que hago limita mis posibilidades al elegir una de ellas”[18].

Como vivimos en un mundo de posibilidades, hay que elegir. Libertad es poder elegir lo que hacemos o decimos; “esto me conviene y lo quiero, aquello no me conviene y por lo tanto no lo quiero”. La libertad nos permite decidir, pero es importante saber qué estamos decidiendo. Para esas decisiones hay que pensar mucho, porque muchas veces tenemos ganas de hacer algo que se vuelve en contra, y nos arrepentimos. Debemos elegir por nosotros mismos. Tenemos que ser capaces de “inventar en cierto modo la propia vida y no simplemente de vivir la que otros han inventado para uno”. Para ser auténticamente libres no debemos preguntarle a nadie qué debemos hacer con nuestra propia vida, debemos preguntárnoslo a nosotros mismos. “Si deseas saber en qué emplear mejor tu libertad, no la pierdas poniéndote ya desde el principio al servicio de otro y de otros, por buenos, sabios y respetables que sean: interroga sobre el uso de tu libertad… a la libertad misma”[19]. La existencia humana y la libertad son inseparables desde un principio.

Este hombre “imbécil” del que nos habla Savater tiene estrecha relación con el hombre con “minoría de edad” (incapacidad para valerse de su propio entendimiento o de hacer uso de su razón) de Kant, con el hombre “unidimensional” (perdido en la racionalidad tecnológica) de Marcuse, con el hombre “inauténtico” (que vive en estado de interpretado: no interpreta nada, y es interpretado constantemente; vive inmerso en el discurso del otro, vive todo el día recibiendo el discurso del otro, formando su inconsciente o su consiente, su subjetividad; vive en medio de una avalancha de informaciones, de interpretaciones.) de Heidegger, con el hombre “sin atributos” (una especie de ser vacío, sin destino, sin iniciativa propia, sin propiedades, sin relación consigo mismo) de Musil, con el hombre mecánico (“el homo mechanicus”, interesado en la manipulación de máquinas, fascinado por lo mecánico, indiferente por la vida y atraído por la muerte y la destrucción) de Fromm, con el hombre “masa” (que no pretende hacer con su vida ninguna cosa particular, y no puede, ni quiere, ni concibe, detenerse en su acción inmediata, en su carrera desenfrenada por satisfacer sus apetitos) de Ortega y Gasset, con el hombre “mediocre” (imitador, envidioso, sin ideales, rutinario, sin personalidad, pobre en carácter, pasivo, pacotilla, normal, vulgar, incapaz, conformista, sombra, hipócrita, vicioso, domesticado, inferior, tránsfuga, conservador, infame, servil, sancho, dogmático, espíritu débil, adulador, quitamotas, adocenado, maledicente, criticastro, perezoso, funcionario, ambicioso, contemplador, ambiguo) de José de Ingenieros, con el hombre sin espíritu crítico (no piensa por sí mismo), con el hombre “vanidoso” de Fernando González Ochoa (vive de apariencias, es un ser vacío, imitador, “copietas”, le falta personalidad), con el hombre del “rebaño” (el hombre borrego)… Con respecto al hombre borrego, es procedente poner atención a la reflexión de Ana Judith Quevedo Barragán:

“Su proyecto de vida consiste en no pensar ni decidir por sí mismo, es el hombre masificado y despersonalizado, hecho según moldes sociales. Dependiente de las personas y del ambiente, cede sin resistencia a los estímulos de la propaganda y se amolda fielmente al pensar, desear y vivir del medio: “donde va Vicente, donde va la gente”. Elige sin criterio personal. Al escoger trabajo, profesión, sigue el gusto de sus padres, de sus amigos o de la moda. No soporta estar solo un momento. Su ley es seguir a la mayoría y en rebaño va donde lo llevan”[20].

Como el adolescente se está examinando, reexaminando, evaluando y reevaluando, comparte o confronta sus puntos de vista, sus opiniones, sus cosmovisiones y su particular manera de percibir, interpretar y sistematizar la realidad, se interesa por los valores, las creencias, los ideales y las expectativas de los adultos, y de esta forma desarrollar con confianza su sistema de valores y lograr un seguro y maduro sentido de identidad. Si el joven tiene el conocimiento, el valor, la osadía, la voluntad y el denuedo inteligente, posee las herramientas de fondo y con sentido, que le indicarán a dónde ir y qué es lo que quiere, porque si éste no sabe a dónde va, ni cómo va, posiblemente llegará a otra parte. “Hay muchos caminos sin viajero; hay aún más viajeros que no tienen su senda[21]

La psicóloga Leonor Noguera Sayer precisa que gracias a la identidad, como elemento constitutivo del ser humano, somos como somos en cada momento, y se teje como un hilo conductor que reúne nuestras imágenes parciales para hacernos unitarios e integrados a pesar de los diversos movimientos, respuestas y actuaciones. Esa identidad se alimenta y se refleja, además de lo físico, en lo psíquico, en donde se resume en la manera de pensar y de sentir. “A su lado podemos hablar de lo social, como el escenario para la interacción desde el momento del nacimiento y de donde provienen mensajes continuos de lo que en ese grupo y ambiente se considera prioritario, bueno o malo, motivo de reconocimiento o prestigio o de rechazo y censura. En la vertiente social de la identidad está el complejo conjunto de valores, creencias, modas, etc., que dan fisonomía a un grupo humano determinado, y que influyen en la identidad del mismo y de los individuos que lo conforman… La identidad no es sinónimo de semejanza ni remedo o culto al pretexto cronológico con que se patenta la madurez o la sabiduría; la identidad es un complejo de resultado de cada momento, donde lo propio es lo original, con infinitas posibilidades de expansión… La verdadera identidad recrea la experiencia a través de la reflexión y, con el concurso del pensamiento, es capaz de demoler las murallas que hasta entonces guardaron lo propio como la verdad única. La identidad fundamental es el eterno descubrir los infinitos proyectos que habitan en el interior de cada uno y que se fortifican o mueren en los ejercicios de interacción… La identidad, como fuerza que pugna por conservarse igual a sí misma, extiende sus dominios al terreno de los conflictos psicológicos, de las angustias, de los dolores… Los deseos, las necesidades, los sentimientos, las habilidades y/o las limitaciones, convergen en la trama compleja y más profunda de la identidad, que trasciende de lo convencional y, paradójicamente, a nada le otorga un valor absoluto; en su esfuerzo de autocrítica permanente, reconoce la importancia de las nuevas experiencias como océano inagotable de enseñanzas, ajustes y cambios, que conducen a otras definiciones para la vida”[22].

El logro de la identidad es tan crucial para el proyecto de vida del joven, porque ésta depende que se viva de acuerdo a como se piensa y no se termine pensando de acuerdo a como se vive. No se puede vivir de la vida del otro en lugar de vivir la propia vida. Si se quiere construir un proyecto de vida que posibilite la autorrealización y la búsqueda de la felicidad, supremo fin de la existencia, hay que vivir conforme a como se piensa. Pensar de acuerdo a como se vive, es decir, vivir una vida inauténtica, inexorablemente conduce a optar por opciones como la delincuencia, la drogadicción, la cultura “traqueta”, las ideologías, los dogmas religiosos, el facilismo, la mentalidad del “rebaño”, los idiotas útiles para los oscuros procesos electoreros… “La adolescencia es, hoy por hoy, la edad más difícil de la vida. La adolescencia consiste en la transición de la niñez a la pubertad, la etapa en que hace su aparición la sexualidad; es la hora de estrenar autonomía y la oportunidad de gozar de la música, del licor, de la droga y del sexo. Es la edad en que el ser humano se encuentra más indefenso: pocos principios, pocos valores, poca voluntad, escaso conocimiento de la vida y de las funestas consecuencias de las fiestas. Durante la rumba, ellos buscan sentir experiencias cada vez más fuertes, que produzcan mayor placer, excitación, y finalmente, el éxtasis. Recordemos algunos efectos de semejantes experiencias: desorientación, cansancio, soledad, vacío, tristeza, depresión y, para rematar, intentos de suicidio”[23]. El referido psiquiatra Muñoz Fernández aclara que “una transición adecuada de la adolescencia permitirá al chico o a la chica encontrar “eso” que andaba buscando que es justamente su identidad; le permitirá establecer una relación diferente con sus padres, con amigos, con intereses diversos pero definidos, por ejemplo, decidir qué quiere estudiar y elegir una pareja con la cual pueda compartir su vida”[24].

En cuanto a la problemática de la juventud, Erich Fromm llama la atención cuando afirma que ésta considera aburrida y sin sentido la vida en algunas familias. “Por ello, esos jóvenes se alejan de sus hogares, buscando un nuevo tipo de vida, y se sienten insatisfechos porque no tienen oportunidad de realizar esfuerzos constructivos. Muchos de ellos fueron originalmente los más idealistas y sensibles de la generación joven; pero en este punto, faltándoles tradición, madurez, experiencia y sabiduría política, se sienten desesperados, narcisistamente sobrestiman sus capacidades y posibilidades, y tratan de lograr lo imposible mediante el uso de la fuerza. Forman los llamados grupos revolucionarios y esperan salvar al mundo con actos de terror y destrucción, sin advertir que sólo contribuyen a la tendencia general a la violencia y a la inhumanidad. Han perdido su capacidad de amar y la han remplazado por el deseo de sacrificar sus vidas. (El sacrificio de sí mismo con frecuencia es la solución para los que ardientemente desean amar, pero que han perdido la capacidad de hacerlo y ven el sacrificio de sus vidas una experiencia amorosa del más alto grado). Pero estos jóvenes que se sacrifican son muy distintos de los mártires del amor, que desean vivir porque aman la vida, y que aceptan la muerte sólo cuando se ven obligados a morir para no traicionarse. Los actuales jóvenes que se sacrifican son los acusados, pero también los acusadores, al mostrar que en nuestro sistema social algunos de los jóvenes mejor dotados llegan a sentirse tan aislados y sin esperanzas que para librarse de su desesperación sólo les queda el camino de la destrucción y el fanatismo”[25].

El filósofo y psicólogo Luis Duravía precisa que los adolescentes tienen necesidades de seguridad, de independencia, de experiencia, de un ideal de vida, de encontrarle sentido a la vida, de sentirse en paz con todos y con la naturaleza, de expresar en forma simbólica su interioridad recién descubierta, de intimidad, de ídolos, de amistad y de amor. Así mismo, necesita, para su armónico equilibrio, lograr la condición de independencia, modificar su sistema de valores, desarrollo de su heterosexualidad concreta y serena, y buscar una nueva y definitiva identidad. Esta última es tan importante que podría considerarse como el resumen de todos estos logros o tareas.

En concepto de Duravía, el adolescente tiene que ir reorganizando todos los elementos nuevos que han entrado en su cuerpo y en su psique y llegar a dar una respuesta a la pregunta “¿Quién soy yo?”, porque solamente si llega a definir bien su propia identidad, evitando la confusión y dispersión, podrá el adolescente llegar a la intimidad, saliendo de sus propias fronteras. Aclara que no se trata sólo de la identidad sexual, sino la identidad en todos los aspectos que le permitan definirse como persona por lo que es y lo que vale, y con las ideas claras de lo que se propone, y también identificar sus propios principios, creencias, cosmovisiones… como aspectos distintos de los que tienen los demás; es decir, en particular a la identidad del yo como persona independiente. Eso sería lo que Erikson define como la intensa experiencia de la capacidad del yo para integrar esas identificaciones con las vicisitudes de la libido, con las actitudes desarrolladas con base en talentos innatos y con las posibilidades por los diversos papeles sociales.

El fracaso en la construcción de la identidad del adolescente puede traer graves consecuencias, debido a que ésta es una de las tareas más importantes de ese momento de la existencia del joven. Entre éstas, según Duravía, encontramos que los eventos nuevos que acaecen en su vida lo pueden desequilibrar; puede hallar dificultades para definir bien sus límites y posibilidades; es posible que sea refractario a las relaciones afectivas que es esencialmente la salida de sí mismo, apertura, donación, ruptura de los propios límites (en opinión de Erikson, los mismos amores de los adolescentes –que requieren confianza, autonomía, iniciativa, sentido de industriosidad y de identidad– son en gran parte un intento por definir su propia identidad proyectando sobre otra persona la imagen que tienen de su propio yo, para así verla reflejada y con más claridad); la confusión de identidad le ocasiona cambios frecuentes de opinión, de actitud, y hasta de moralidad con el transcurso del tiempo, de los lugares y de las personas con las que trata; la difusión de identidad le dificulta armonizar los estados interiores del yo con frecuencia contradictorios, sin que logre concluirlos. “La identidad negativa es la que elige quien busca definirse por oposición o rechazo de lo que ofrecen los patrones ideales de la sociedad vigente. Esta actitud, de carácter hostil, expresa una conducta desesperada por no poder admitir los conflictos de una realidad cultural vigente… La incapacidad de definir nuestra identidad o el peligro cierto de perderla, se vinculan con la quiebra de los sistemas de valoración”[26].

Así se encuentra que el adolescente no tiene la capacidad de reflexionar críticamente sobre su propia conducta, es incapaz de unas relaciones estables con los demás, no tiene un sistema de valores claro y definido. “En este caso el muchacho renuncia a gobernar su vida, a tomar decisiones y a la irresponsabilidad en la sociedad y se deja llevar por motivaciones inconscientes. El resultado más evidente es un estado de indecisión y confusión. Pero también se puede volver amargado y agresivo contra la sociedad y se aliena dedicándose a actitudes de protesta contra la sociedad misma; por ese camino llega fácilmente a la droga como medio para escaparse de sus decisiones y responsabilidades… Frente a la posible confusión de identidad, el joven se dará cuenta con pánico que el tiempo está pasando y que si no toma algunas decisiones el tiempo mismo las tomará en su lugar. Frente a las nuevas responsabilidades que asoman al final de la adolescencia el joven puede dejarse dominar por el miedo y huir dejando el estudio y la familia, renunciando a ocupar un puesto en la sociedad”[27].

Con respecto a “los amores de los adolescentes” a que se refiere Ericsson, un texto de filosofía del bachillerato precisa que el amor da origen a una especie de conciencia de orientación, conciencia de la dirección que la persona misma es en su más íntima esencia y que debe seguir si quiere tener la esperanza de ser capaz de consentir definitivamente a su existencia, a su ser, a la realidad total[28]Como el amor es el llamado del otro a la subjetividad, el adolescente evita el egoísmo. El otro es una subjetividad palpitante y no una cosa; es un proyecto que se le ofrece para realizarlo juntos. La adolescencia es un proceso complejo y “una etapa de la evolución que no puede ser suficientemente comprendida si no la insertamos dentro de las coordinadas de lo psicobiológico y lo psicosocial… Hay que promover la valentía de los adolescentes que alientan ideales relativos al destino del sexo y el amor, nutridos de fe y que renuevan el camino del verdadero encuentro entre personas. La vida sexual bien vivida no produce resentimiento, ni renuncia, ni pasividad. Por el contrario, es un modo de enriquecerse, de manifestarse activamente y de experimentar la admirable unidad de dos.”[29].

Aunque la difícil tarea de la construcción de la identidad del adolescente es una labor personal de cada uno de ellos, es fundamental el aporte de los agentes socializadores como la familia, la escuela, los jóvenes de su edad (coetáneos), los medios de información y la religión; pero en la labor de educadores corresponde básicamente a los padres de familia, a los coetáneos y a los profesores. El psicólogo Charles Morris señala que “según Erikson, la adolescencia es el tiempo en que los jóvenes buscan su identidad. Empiezan a tomar decisiones por sí mismos, proceso que es emocionante y que a la vez produce estrés. El adolescente está indeciso entre escoger uno u otro estilo de vida, pudiendo sufrir una crisis de identidad. El influjo de los padres parece ser el factor decisivo en su capacidad de establecer un sentido claro e independiente del yo. El grupo de coetáneos también ejerce presión para que se conforme a él. Las normas de los padres y de los coetáneos influyen en la manifestación de la sexualidad”[30].

El aludido Ariel Bianchi, respecto a la dinámica de la interacción con los coetáneos y la pertenencia a un grupo, señala que la experiencia con los coetáneos puede subsumir la individualidad, el grupo procura ejercer un tutelaje sobre el adolescente, que se somete a sus normas, valores y sanciones. El adolescente busca asemejarse a sus coetáneos, y lo que más teme es la segregación de los iguales. “El grupo brinda, también, un espacio vital, una peculiar región física y humana donde resolver tensiones, agresividad, inquietudes sexuales. Ahí encuentra el adolescente un territorio permisivo, fuera del control adulto. En este peculiar campo puede moverse con libertad y despojarse de presiones. Es a la vez un espacio exento de vedas, apto para la espontaneidad, y una región cálida donde encontrar simpatías y afinidades. En sus descargas de acción, de palabras, de gestos, hay una afirmación implícita: “aquí no hay adultos”. Esto no implica que se haya desprendido de obligaciones, controles y sanciones, puesto que el grupo de los pares también lo hace, pero no son las mismas que las de ellos (los mayores), de quienes trata de segregarse y diferenciarse…. El adolescente vuelve al yo, como mundo interior a explorar, como eje de oposición, de afirmación y resistencia al mundo. Es el momento egotista, del culto contradictorio a sí mismo, que tanto agrede como se agrede, que sueña, quiere, ansía, desde sí mismo a los demás; que se aísla en la torre de marfil o se desespera por ser dueño de la realidad”[31].

A juzgar por lo que señala Morris, los adolescentes que tienen relaciones satisfactorias con sus padres tienen mayores oportunidades de lograr una fuerte identidad. “El influjo de los padres parece ser el factor más importante que afecta a la capacidad del adolescente para lograr un sentido claro independiente de su yo”, precisa el psicólogo O. Siegel (citado por Charles Morris). El psicólogo J. J. Cónger, citado por Morris, señala que “los adolescentes que tienen una relación satisfactoria con su padre y su madre tendrán también mayores probabilidades de adquirir una fuerte identidad”. El mismo Cónger asegura que los coetáneos también son importantes en la búsqueda de identidad. “En una época en que el adolescente debe escoger entre ocupaciones –indica–, estilo de vida, ideologías y modelos de roles sexuales de los más heterogéneos, la comprensión y el apoyo de los coetáneos es indispensable”. Feldman señala que la teoría de Erikson precisa que “paulatinamente, el grupo de pares tiene mayor importancia, lo que les permite entablar relaciones íntimas, parecidas a las de los adultos, y ayudar a clarificar su identidad personal”. El psiquiatra Sergio Muñoz Fernández aclara que “el adolescente siente la necesidad de estar menos tiempo con sus padres, lo que le va a permitir desprenderse de ellos y estar en posibilidad de establecer nuevas relaciones principalmente con otros adolescentes”[32]. Además de la importante y trascendental influencia de los padres de familia y de los otros adolescentes, en la búsqueda de la identidad del joven, también son decisivos otros factores que interactúan en la cotidianidad de éste. “En definitiva, el logro de una buena identidad dependerá de muchos factores, pero en particular de las etapas anteriores y de las motivaciones y valores que le ofrece el ambiente familiar y social”[33].

En el escenario educativo corresponde a los profesores y a los psico–orientadores, pero en quien recae una gran responsabilidad es en los docentes de filosofía. “El objetivo primero y fundamental de la educación es el de proporcionar a los niños y a las niñas, a los jóvenes de uno y otro sexo una formación plena que les permita conformar su propia y esencial identidad, así como construir una concepción de la realidad que integre a la vez el conocimiento y la valoración ética y moral de la misma. Tal formación plena ha de ir dirigida al desarrollo de su capacidad para ejercer, de manera crítica y en una sociedad axiológicamente plural, la libertad, la tolerancia y la solidaridad”[34]. El docente de filosofía debe transformarse en una especie de “consejero filosófico” con el ánimo de asesorar al discente y enseñarlo a filosofar, respetando su autonomía dentro de un ambiente de tolerancia y de diálogo asertivo, auténtico, biunívoco y argumentado, evitando el autoritarismo y el dogmatismo, y fomentando una actitud de empatía para que pueda potenciar sus facultades que le permitan saber dónde está, para dónde va y qué es lo que quiere. “En efecto, si no sabe definir quién es, qué valores tiene, de qué es capaz, tampoco sabrá qué hacer en la vida, será un eterno inseguro y dependerá de las opiniones de los demás”[35].

Quien no logre definir su identidad le será difícil reflexionar críticamente sobre su conducta, será incapaz de relaciones estables con los demás y no contará con un sistema claro y definido de valores. “Es necesario prever el ambiente favorable en el que, antes de cualquier otra cosa, se aprendan los sentimientos, los valores, los ideales, las actitudes y los hábitos de significación ético social. Es ésta una responsabilidad conjunta primero de la familia y después de la escuela; formar personas socialmente adaptadas de modo que, al salir del círculo familiar y escolar, puedan ocupar el lugar que les corresponde en la comunidad de los ciudadanos”[36]. En una dinámica sinérgica, padres y docentes, de manera segura, deberán ayudarlos y apoyarlos para afrontar este periodo de confusiones y contradicciones internas. Este binomio formador necesita “incrementar las normas, el orden y fomentar el acercamiento afectivo hacia el y la adolescente… Los y las adolescentes deben recibir orientación y preparación en esta etapa de su vida, ya que en ella se presentan grandes inquietudes y cambios emocionales de importancia; por lo tanto es indispensable que establezcan una fluida comunicación con personas de su confianza (padres y docentes)”[37].

Respalda mi aserto la novela filosófica El mundo de Sofía, que en sus comienzos interroga a la adolescente Sofía Amundsen con la pregunta más filosófica de las preguntas: “¿Quién eres?”[38]. Interrogante que, inexorablemente, transformará radicalmente la manera de pensar, de estar en el mundo y de ser de Sofía. A medida que se le plantean profundas inquietudes y aprende a planteárselas con profundidad ella misma, ésta va aprendiendo a desarrollar y fortalecer su espíritu crítico, a pensar por sí misma y a obtener el logro de su identidad. La novela arrancó “a Sofía de lo cotidiano para de repente ponerla ante los grandes enigmas del universo”[39].

Así la filosofía haya sido estigmatizada como un ejercicio anacrónico, tedioso y denso para la juventud, la filosofía es aquella actividad que refresca y renueva las ideas y que además orienta hacia la búsqueda de identidad en los jóvenes en su sentido de vida y su situación en el mundo. “A pesar de la relevancia que actualmente han tenido las ciencias técnicas, la filosofía no debe dejarse de lado ya que es un saber que humaniza y el cual se debe de impartir en los jóvenes y, sobre todo, en la etapa de la adolescencia donde el individuo comienza sus cuestionamientos hacia las cosas y las costumbres, que es donde surge la búsqueda de la identidad… El despertar en ellos esa estudiosidad que los llevará a fines más elevados hacia su madurez para no caer en la indiferencia y el vago escepticismo al abordar las cuestiones más importantes y más interesantes en la vida humana… Se debe dar entender que siendo humano se es filósofo. Ya que por la naturaleza pensante el hombre busca voluntaria o involuntariamente resolver problemas, entender ideas, buscarle un sentido a la realidad. Y aquel que ejerce la filosofía entiende más de sí mismo y del mundo que le rodea. Ser filosofo no es ser inadaptado de la realidad sino por el contrario, ser filósofo es buscar su sitio y el sentido de sus actos en la realidad. Es buscar entender y tener en claro quien se es y hacia donde dirige su vivir”[40].

La dimensión personal de interioridad, que hace de la persona un ser independiente frente al mundo, abierto al mundo de valores, de ideas y de sentimientos, “hace referencia a la búsqueda constante de identidad, como el encuentro de la persona consigo misma y de ésta con los demás”. Es por ello que “perder la identidad es perder lo propio que le pertenece a la persona, aquello que la singulariza y que le abre la posibilidad de enriquecimiento con el otro. Perder la identidad es ser masa, es ser uno con las cosas”[41].

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