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Ciencia en la periferia de la periferia: hacia la formacion…

Ciencia en la periferia de la periferia: hacia la formacion…

La distinción analítica entre ?centro? y
?periferia? propuesta por Shils (1975) se ha revelado en el curso del tiempo
como una de las más fértiles en la indagación de diferentes temas, como la
concentración y la dispersión del poder, los incentivos del desarrollo
industrial y urbano (Hobsbawn 1995), los vínculos asimétricos en el panorama
internacional (Hodara 1987) y, lo que aquí particularmente interesa, la formación
de focos de excelencia científica que difunden normas y paradigmas de
investigación a sectores donde esta actividad no ha cristalizado en formas
institucionalizadas sostenibles ni en logros distintivos (Rose – Rose 1976; Díaz,
Texera, Vessuri 1984).
No es equivalente ?aunque las semejanzas son
cercanas en algunos campos? al deslinde propuesto por ideólogos de la escena
internacional, y en particular por los analistas del imperialismo y sus efectos
regresivos como Prebisch, Wallerstein y Amin. Estos últimos enfatizaron el
?desarrollo desigual? y la difusión asimétrica de los avances técnicos
conforme a marcos teóricos y narrativos vinculados con la formación de pautas
coloniales de usufructo y explotación. En contraste, la categoría sugerida por
Shils exhibe menor carga ideológica y combatiente y es, en cualquier caso,
visiblemente útil como instrumento de análisis y ?deconstrucción? de
problemas concernientes a la geografía y a la sociología de la
institucionalización de la ciencia..
Es importante subrayar esta diferencia
conceptual. Algunos investigadores de la historia y de la sociología de la
ciencia que se conforma (y deforma) en ?condiciones adversas? (por ejemplo,
M. Cueto 1997) han indicado con acierto que la dimensión ?periférica?
propuesta por las corrientes dependentistas en América Latina no pondera
satisfactoriamente el vínculo dialéctico inherente a la hegemonía imperial en
países subordinados, insinúa a priori la inferioridad intelectual e
institucional del quehacer científico en las colonias y subestima las
capacidades creativas y reactivas de los investigadores que trabajan en países
de incipiente o distorsionado desarrollo industrial. Apreciaciones correctas;
este autor ya indicó en otra parte (Hodara 1976) que dicha actitud conduce a un
síndrome que llamo ?la dependencia de la dependencia?, que inhibe y
menosprecia a las sociedades que los ?dependentistas? procuran remediar. Así
se deslizan a una postura contraria en sus efectos a lo que declaran proponer y
se transforman ?incluyendo a los países subordinados? en ?víctimas
profesionales? del perverso enlace imperial.
En el caso de esta monografía, el ?centro?
encarna un punto conspicuo, ineludible, de referencia positiva y normativa. Es
el asiento y la fuente de la creatividad científica y de sus redes de difusión.
Porta dimensiones tanto geográficas como sociológicas, o ambas (Schwartzman
1991). Puede localizarse en un país, en varios, o en un ?colegio invisible?
(Crane 1972) formado por los mejores investigadores de una disciplina
determinada. Es una red de liderazgo y de reproducción del conocimiento, más
abierta, flexible y hospitalaria que los vínculos desiguales de poder entre
clases o entre naciones. Se asemeja más bien ?si se permite una metáfora
comparativa? a la singular relación intersubjetiva psicólogo-paciente, que
es estructuralmente asimétrica pero que no mella la igualdad intrínseca de las
partes.
La ?periferia? representa, por otra parte y
en este contexto, un campo intelectual (Bourdieu 1988) en gestación, que se
nutre de los estímulos del centro cuando los dos espacios tienden a
complementarse, o se margina y decae cuando los recursos institucionales y
financieros, la masa crítica de investigadores y la elección de los temas de
investigación no son favorables.
Ciertamente, cuando el ambiente externo a la
ciencia es hostil, tanto el centro como la periferia padecen las consecuencias,
aunque el primero posee mejores prendas institucionales y culturales para
defenderse (Hodara 1996; Saldana 1996). Sin embargo, también se registran casos
en los cuales las restricciones inherentes a la condición periférica son
atenuadas merced a un feliz liderazgo o a la elección de un tema en el cual se
goza de ventajas comparativas (Coutinho 1999).
En otras palabras, el desempeño científico
reconoce un ?centro? que es el lugar opcional de referencia y peregrinación,
objeto de imitación acrítica o de militante contraste para aquellos que
habitan la periferia. Obviamente, el carácter y la identidad del ?centro?
varían según las especialidades y la evolución del conocimiento científico.
Por ejemplo, un científico como Freud, formado en la cultura germánica, debió
instalarse algún tiempo en Francia a fin de percibir las innovaciones de la
psiquiatría y aprender de ellas. Pero al retornar a Viena ?centro de esta
cultura en el siglo XIX y principios del XX? la psiquiatría ?periférica?
alemana se transforma en un centro irradiante del psicoanálisis (Mitchel -
Black 1995). Piénsese también en la centralidad de Gotinga (Göttingen)
durante los años veinte y treinta en la configuración de la física nuclear
(Jungk 1960), o bien en las repercusiones del hallazgo Crick-Watson alcanzado en
Inglaterra respecto de los avances ulteriores de la biología molecular en el
resto del mundo.
En términos más amplios, cabe decir que los
?centros? fueron cambiando en el desarrollo de la ciencia (Ben David 1971).
Tuvieron nacimiento en Inglaterra en el siglo XVII, pero después se trasladaron
a Francia, Alemania y, ya en el XX, a Estados Unidos. Ciertamente, la historia
no concluye aquí; cabe conjeturar que Japón, China, India, Israel o Europa
cobijan hoy ?centros? de actividad y referencia en algunas disciplinas científicas,
pluralidad que coexiste con la hegemonía del conjunto cultural y científico
norteamericano.
De este modo, lo que es ?centro? para los
cultivadores de una disciplina puede ser ?periferia? para otros. Cabe
agregar que un tema conexo que suscita la curiosidad alude a las condiciones que
transforman a un equipo o a una institución en ?centro científico?. En el
presente, este autor enhebra algunas conjeturas que podrían sugerir una
respuesta a este fascinante asunto.
Apreciar este carácter dinámico de los
?centros? y de las ?periferias? es muy importante en la cuestión que
aquí nos concierne, pues implica que un grupo de investigadores situados fuera
de la ciudad capital de un país científicamente rezagado (lo que llamaremos en
?la periferia de la periferia?) no está ineluctablemente condenado a esta
condición. Es capaz de alterarla en la medida en que elude las restricciones
impuestas por ?el centro de su periferia? y establece un diálogo directo
con el centro transnacional pertinente a través de colegios virtuales
facilitados por la revolución electrónica.
Se ha acumulado en los últimos años una amplia
literatura sobre la ciencia y sus modalidades en América Latina. En la mayoría
de los casos, el análisis se concentra en grupos y proyectos situados en la
ciudad capital. Descuida la investigación que se cultiva en lugares alejados
del centro nacional. Estas instituciones padecen así una triple situación
periférica: respecto de la ciencia que prospera en los centros hegemónicos, en
relación con los investigadores localizados en la ciudad capital que gozan de más
íntima conexión con los núcleos de decisión y, en fin, con los ambientes
locales y sus particulares restricciones.
Ciertamente, la dispersión ecológica y el
aislamiento relativo respecto de los ?ruidos? que singularizan a los
sistemas políticos tienen ventajas; la historia de la ciencia ofrece múltiples
ejemplos de esta circunstancia. Sin embargo, las pautas concentracionistas que
se observan en América Latina son desmesuradas; apenas dan oportunidades a
espacios provinciales. Poder, riqueza, capacidad de decisión y recursos de
capital y humanos se asientan desproporcionadamente en los focos capitalinos.
También en la actividad científica. Condición cuasi-monopólica que coarta el
desarrollo de los mercados económicos y culturales de aquellos espacios.
Sin embargo, se registran iniciativas (como la
Fundación Bariloche argentina y el Instituto de Investigaciones Científicas de
Venezuela) para descentralizar provechosamente esta actividad al tomarse
conciencia de que sus características y ventajas relativas son sustancialmente
desiguales de las que presenta la actividad económica u otras industrias
culturales (teatro, cinematografía) que demandan la cercanía dinámica con los
centros.
Modelos de crecimiento científico
Historiadores y sociólogos de la ciencia
distinguen diferentes modalidades de producción y reproducción del saber científico
(Salomón, Sagasti, Sachs 1996). Como se ha indicado, aquí se pondrá acento en
aquel que es ?periférico? y marginal por excelencia. Es decir, una categoría
analítica del quehacer científico caracterizada generalmente por una modesta
dotación de especialistas, una frágil y con frecuencia espasmódica
institucionalización de la actividad investigadora, la primacía de factores
políticos ?incluso populistas? en la administración y orientación de
entidades académicas, el aislamiento relativo de la actividad científica
respecto de la sociedad local y escasos aportes cuantitativos y cualitativos al
acervo mundial de conocimientos (Hodara 1996).
La publicación del ?estado de la ciencia? en
América Latina y el Caribe con el uso de indicadores pertinentes (Albornoz
2000) facilita la ejemplificación de lo que se viene diciendo. América Latina
invierte en la actividad científica y tecnológica (incluye sobre todo a
gobiernos y en grado menor a los sectores privados) alrededor de 10 millardos de
dólares. Esta suma es inferior a la de Canadá (12 millardos de dólares) y
veinte veces menor a la de Estados Unidos (Albornoz 2000). El número de
investigadores latinoamericanos constituía algo menos del 2% mundial en 1999, y
es probable que se haya reducido como resultado de las migraciones de hombres de
ciencia hacia los ?centros? (Estados Unidos, Europa occidental) a causa de
las incertidumbres que hoy gravitan en la región. Migraciones que ya han
ocurrido en el pasado en disciplinas clave como las matemáticas y la física.
El aporte de estos investigadores al acervo mundial de conocimientos es del
2,5%, medido por los índices bibliométricos convencionales. Y la inversión
local por investigador y proyecto de investigación tiende a reducirse conforme
a los vaivenes de los presupuestos gubernamentales, fuente principal de los
recursos.
En esta constelación de circunstancias, el
conocimiento científico se genera con apreciables dificultades. Las
instituciones académicas y las disciplinas están sometidas a variables
ambientales (políticas y financieras) que las perturban constantemente. En
pocos casos pueden ?encapsularse?, eximiéndose así de las perturbaciones
del entorno. Los ?ruidos? del centro son a menudo ineludibles. Los ciclos de
avance son cortos y a menudo no se consolidan pautas de supervivencia
institucional en contrapunto con el ambiente. No pocos investigadores ambiciosos
encaran dos opciones: emigrar a otros países científicamente más atractivos o
proceder a una suerte de ?emigración interna? cambiando funciones y vocación.
Desertan del laboratorio o de la biblioteca para aposentarse en el oficio burocrático
o administrativo, que ofrece compensaciones tangibles en el corto plazo.
En la periferia de la periferia
¿Cuál es la suerte, en este contexto, de
institutos, grupos y centros académicos dedicados a la investigación que
residen en ecologías alejadas de la ciudad capital? ¿Perecen o vegetan dramáticamente
respecto a sus semejantes ubicados en los polos urbanos del desarrollo y en los
centros de la decisión política y de la asignación de recursos? ¿O presentan
algunos rasgos de ajuste exitoso al ambiente geosocial donde se encuentran?
Y si los riesgos de supervivencia e
improductividad son más altos en esta condición de ?periferia en la
periferia?, ¿no existen hoy maneras de superarlos considerando los amplios y
rápidos recursos de la revolución cibernética basada en la computación y
servicios anexos? ¿No son capaces estos recursos de transformar en ventaja
relativa el aislamiento y la distancia de los centros políticos y financieros
de poder?
Para responder a estas preguntas se hará
referencia a la experiencia de algunas instituciones latinoamericanas. En
particular, al Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), a la
Escuela Nacional de Física Teórica (Colombia), al Observatorio Sismológico de
Suroccidente (Colombia), al Instituto Andino de Biología (Perú) y a la
Universidad de Campinas (Brasil). Lamentablemente, no son abundantes los
trabajos monográficos capaces de dar luces más amplias y matizadas. Con
frecuencia, las caracterizaciones de la actividad son impresiones y anécdotas,
circunstancia que revela el alto grado de incertidumbre y desarticulación del
quehacer científico ?en la periferia de la periferia? y el hecho de que el
tema aun no ha suscitado la ineludible curiosidad de los investigadores.
El IVIC
No por azar H. Vessuri comienza su balance del
Instituto de Investigaciones Científicas evocando a la ?Casa de Salomón?
imaginada por Bacon (Vessuri 1997). Esta sociedad ideal de científicos no
estaba en Londres sino en alguna isla del Atlántico Sur, alejada de los ruidos
capitalinos. ?La Casa de Salomón? era autosuficiente. Los ?Salomones?
decidían con sabiduría cuáles de los resultados de las investigaciones merecían
el conocimiento público o del Estado. No debían nada porque no necesitaban
nada; habitaban una torre de marfil.
Pintura social utópica, indudablemente. Traduce,
sin embargo, lo que es grato, definitorio e importante para los hombres de
ciencia. Lamentablemente, los científicos jamás pudieron desentenderse de los
estímulos y de las sanciones de los gobiernos y de la sociedad. El intercambio
intelectual con otros científicos, como bien se constata, no es suficiente. Hay
que rendirse al ?principio de realidad? y obtener fondos para investigar.
Pedestre necesidad que gesta interdependencias no siempre amables entre la
estructura científica y las estructuras de poder, incluyendo las burocráticas,
especialmente en la Venezuela de los últimos años sacudida por tensiones
estructurales y contingencias inciertas.
El IVIC se fundó en 1959 por iniciativa del
gobierno venezolano, con la misión de promover ?la investigación fundamental
y aplicada en las diversas ramas de las ciencias biológicas, médicas, físicas,
matemáticas y químicas?. Desde el arranque, las autoridades le concedieron
?las libertades de la investigación y de la comunicación científicas?.
Fue establecido fuera de Caracas, en los Altos del Pipe, zona rural entonces
(hoy amenazada por la mancha urbana y demográfica) que exigió cuantiosas
inversiones de infraestructura (electricidad, agua, viabilidad, servicios de
abastecimiento). Satisfacer esta necesidad implicó no sólo el empleo de
obreros y personal de apoyo en aquellas circunstancias. Este personal se instaló
definitivamente en el Instituto, gravando su presupuesto a expensas de los
fondos dedicados específicamente a la investigación. En 1993, por ejemplo, el
personal no científico constituía más de la mitad de los empleados. Una isla
salomónica en verdad, pero que vislumbra y teme la llegada de los ?bárbaros?,
es decir, de una burocracia sensible y atada principalmente a sus propios
intereses.
Vessuri considera que el IVIC se constituyó en
la institución rectora en la ciencia venezolana gracias al liderazgo de un
hombre notable (Marcel Roche) y alcanzó logros visibles en las diversas
disciplinas, superando las intrusiones del ?centro? político y revelando su
utilidad funcional en el largo plazo. Sin embargo, su composición interna
adolece de graves tensiones a causa de la presencia (casi un tercio) de personal
burocrático medianamente especializado, que distorsiona la distribución de
salarios y estímulos. Simultáneamente, los sindicatos empezaron a perturbar a
aquellos que hicieron de la ciencia un proyecto de vida. Circunstancia que atenuó
el potencial investigador del IVIC, aunque en los últimos tiempos se han
logrado pautas de amable convivencia. Vessuri resume: ?los habitantes de esta
?casa de Salomón? se componen de tres estamentos: de rango, técnico-administrativo
y obrero, que durante bastante tiempo coexistieron en relativa armonía… pero
últimamente han surgido voces que cuestionan el derecho del grupo de
investigadores de dirigir los asuntos de esta institución científica?. Cabe
suponer que esta maligna transformación de los medios en fines, con la
consiguiente politización del IVIC (representantes gubernamentales dominan el
Consejo Directivo), se acentuará si las coaliciones se mantienen oscilantes y
frágiles en el gobierno chavista.
En cualquier caso, el IVIC se consagró a la
?pequeña ciencia?, es decir, a aquella actividad alejada relativamente de
urgencias o demandas tecnoproductivas y de enlaces complejos con organizaciones
externas. El grupo de investigación se organiza en torno a un profesor que
ofrece las pautas de trabajo. No obstante, el IVIC se planteó la necesidad de rápidas
rotaciones de los grupos a fin de eludir los enlaces personalizados que son tan
típicos en la relación patrón-cliente en América Latina. Hacia principios de
los noventa, la institución contaba con 58 laboratorios en las especialidades
biomédicas (biofísica, bioquímica, microbiología y fisiología). En el curso
de la última década se desarrollaron 305 proyectos de investigación, esto es,
alrededor de cinco proyectos por laboratorio.
El IVIC pertenece a la administración pública
descentralizada; sin embargo, ha gozado de significativa autonomía operativa
gracias al prestigio regional e internacional que obtuvo en el curso del tiempo.
Sin embargo, el personal que no se identifica con la vocación científica goza
de ascendente influencia, alterando los términos y los resultados de la
negociación por el poder dentro de la organización. Hacia 1997, Vessuri
consideraba que si no se suscribía en el IVIC un nuevo ?contrato social?,
las tensiones entre diferentes tipos de personal podrían conducir a una atonía
de la investigación por obra del desgaste en negociaciones y presiones. En los
tiempos que corren se ha logrado una paz laboral entre sindicatos y autoridades
que facilita la misión investigadora del IVIC. Pero se trata de un equilibrio
altamente inestable.
Como el IVIC depende del Consejo Nacional de
Ciencia y Tecnología (CONICIT) ?apéndice gubernamental?, aún no es claro
cómo las nuevas políticas impulsadas por el oscilante presidente Chávez habrán
de influir en la conducción de la investigación y en la disponibilidad de
recursos. Así las cosas, el IVIC es sensible a las fuerzas contradictorias que
gravitan en el centro del poder nacional, a pesar de los importantes logros que
ha alcanzado en la actividad investigadora.
La Escuela Nacional de Física Teórica
(ENAFIT)
En contraste con el IVIC, la Escuela Nacional de
Física Teórica colombiana ha padecido los descalabros e incertidumbres típicos
de la ciencia en un contexto periférico. Más cuando se ubica en Antioquia
(Medellín), ciudad reputada por su legendario espíritu empresarial pero
alejada, en prudente medida, de Bogotá. Nació en 1980 por iniciativa de la
propia Universidad de Antioquia (A. Morales Torres 1997). La física teórica
había arrancado dos décadas antes en la ciudad capital, propiciada por la
universidad alemana de Maguncia. Se trataba de animar estas disciplinas tanto en
sus alcances teóricos como en las posibilidades que abre, en principio, para
aplicar sus hallazgos al sector productivo. Nótese que el arranque provino más
de un factor externo internacional que del estímulo animado por la ciudad
capital.
En los setenta, Colombia resuelve descentralizar
la vida académica propiciando el protagonismo local de las universidades del
Valle (Cali), Santander y Antioquia. En todos los casos ?rasgo frecuente en la
actividad científica latinoamericana? contó con el auxilio de investigadores
extranjeros y profesional inmigrado. Alemanes, búlgaros e italianos aportaron
iniciativas y conocimientos a estos centros provinciales. En los noventa,
Colombia dispone de recursos profesionales propios de razonable nivel, que
facilitan la comunicación científica con los centros de excelencia de esta
especialidad. Temas como la física de los semiconductores magnéticos toma
relieve a instancias de vínculos estrechos con el Centro Internacional de Física
Teórica (ICTP) de Trieste, Italia. A los investigadores se les suministra la
infraestructura básica, pero el financiamiento para sus indagaciones deben
conseguirlo de manera personal, circunstancia que alienta la competencia y el
alcance de prestigio en diversos niveles. De momento es difícil consignar las
perspectivas futuras de la ENAFIT; las incertidumbres de la política colombiana
gravitan desfavorablemente.
Observatorio Sismológico del Suroccidente
(OSSO)
Nace en Colombia en 1977 (Morales Torres 1997)
con el fin de estudiar sistemáticamente los fenómenos sísmicos de este rincón
del país. Entonces formó parte de un movimiento internacional dirigido a
prevenir desastres naturales y así atenuar sus consecuencias negativas. Este
observatorio aprovechó indudablemente las innovaciones teóricas propuestas en
Estados Unidos, Japón y Europa occidental, especialmente la ?teoría de señales?
que se deriva de una perspectiva sistémica e interdisciplinaria.
El suroccidente colombiano es su asiento a causa
de la alta sensibilidad sísmica de esta zona. La ubicación del observatorio le
permite aspirar tanto a la excelencia de los trabajos como a sus usos prácticos.
Sin embargo, desde sus inicios este instituto sufre la escasez de personal científico
inclinado a borrar la consagrada división del trabajo profesional y académico
del centro. La carencia es compensada relativamente con vínculos directos con
instituciones extranjeras, particularmente suizas. El OSSO diversifica su campo
de actividad cooperando con países (Perú, Ecuador, Venezuela) que presentan
una conformación geológica y sísmica similar. La ampliación de la actividad
le multiplicó el apoyo de Colciencias, institución colombiana que determina
las grandes líneas y los criterios de asignación de recursos en ciencia y
tecnología. Circunstancia que le permitió al OSSO perfeccionar su personal en
el extranjero y organizar algunas actividades de intercambio científico.
Sin embargo, sus logros son limitados en la
perspectiva de las tres décadas transcurridas desde su fundación y si se
consideran los avances de la geología y de la sismología en la escala
internacional. Aún no ha podido resolver tres problemas principales: el
perfeccionamiento constante de la calidad de los investigadores, la inserción
de sus trabajos en los índices calificatorios internacionales y la creación de
programas académicos ad hoc, congruentes con el carácter transdisciplinario
del observatorio.
Instituto de Biología Andina
Una confluencia particularmente feliz de
circunstancias facilitó el nacimiento y el desarrollo del instituto peruano de
biología andina desde los años veinte (Cueto 1989). La existencia de un núcleo
capacitado de investigadores locales, incentivados por una ideología nacional
interesada en consolidar la identidad colectiva y debidamente apoyados por una
fundación extranjera (Rockefeller), determinó el éxito relativo de estos
estudios y la consiguiente visibilidad internacional. Estudiar la conducta
humana en espacios elevados era entonces una preocupación saliente en la
investigación biológica. Un país como Perú ofrecía una ventaja natural (los
habitantes andinos), que fue acertadamente usada por los estudiosos locales.
Durante varias décadas, y gracias a la actividad
de dos líderes científicos que obtuvieron reconocimiento internacional, la
biología andina peruana dio pasos importantes que la situaron en la vanguardia
de la investigación. Pero este avance no fue continuo. Dependió del apoyo
sostenido de la fundación Rockefeller y de una configuración nacional que
sintonizara con los propósitos de las investigaciones. Cuando los recursos
escasearon y, en particular, cuando el sistema político y económico peruano
empezó a padecer severas incertidumbres en las últimas décadas, los progresos
de esta subespecialidad de la biología se tornaron lentos y apenas creativos.
Los grupos de investigación mostraron señales de fatiga, y en algunos casos se
autodestruyeron a través de la emigración de investigadores clave; los que se
quedaron debieron aceptar múltiples funciones, que permiten la supervivencia
personal pero que desmantelan el proyecto investigador. De aquí las
incertidumbres que gravitan en el futuro de este centro.
La Universidad de Campinas
Esta entidad académica brasileña se gestó en
el marco de un entendimiento institucional que liga la actividad científica con
la gubernamental (Dagnino – Velho 1998). Esta colaboración es producto de una más
fina comprensión de los efectos de la investigación y de sus resultados
tangibles en la composición de las ventajas dinámicas de un país. La voluntad
desarrollista de los diferentes gobiernos brasileños, especialmente desde los
noventa, no fue indiferente a la necesidad de crear y mantener estos vínculos.
Una pauta de coordinación que corrige la concepción ingenua del ofertismo que
dominó los círculos académicos latinoamericanos en los sesenta.
Conforme con esta convicción, la oferta de
conocimiento crearía a la larga una demanda y un mercado para sus productos,
automaticidad apenas sustentada por los hechos. Hubo necesidad, por lo tanto, de
establecer nexos explícitos entre oferta y demanda, que comprometieron simultáneamente
a los institutos científicos, a los gobiernos y a los sectores productivos.
?Parques científicos?, ?incubadoras tecnológicas? y vínculos
estrechos con las industrias fluyeron de estos nexos.
En el marco de esta concepción sistémica e
interinstitucional surge la Universidad de Campinas (UNICAMP) en los setenta.
Definió desde el arranque su vocación de mantenerse estrechamente comunicada
con los sectores productivos a fin de adelantarse a sus demandas y dificultades.
Fue favorecida, sin duda, por su localización en una de las zonas económicamente
más dinámicas del Brasil. También gravitó el cambio en la política de
industrialización, orientada en las últimas décadas más hacia la exportación
y la competencia con el exterior que hacia la producción sustitutiva de las
importaciones. Reorientación que implicó atender con superior cuidado las
ventajas dinámicas nacionales y la identificación de ?nichos? convenientes
en el mercado internacional. Ciertamente, el éxito relativo de los países del
Sudeste asiático influyó en Brasil, animando la reestructuración industrial.
Los gobiernos alentaron, en consecuencia, el apoyo selectivo a industrias
nacientes, la creación de laboratorios sensibles a las necesidades productivas
y la realización de reformas en los sistemas educativos (Dagnino – Velho 1998).
A fin de concretar estas aspiraciones, las
autoridades gubernamentales multiplicaron los recursos en provecho de la
comunidad investigadora; el surgimiento del Fundo Nacional de Desenvolvimento
Científico e Tecnológico (FNDCT) fomentó esta inclinación. En paralelo, los
cambios en la estructuración académica se manifestaron en el establecimiento
de programas avanzados, en la creación de puestos de investigador a tiempo
completo, en el levantamiento de nuevos laboratorios y bibliotecas
especializadas. Fortaleció estos propósitos la Financiadora de Estudos e
Projetos (FINEP) y el Conselho Nacional de Desenvolvimento Científico e Tecnológico
(CNPq). Estos nuevos impulsos cristalizaron en el Plano Básico de
Desenvolvimento Científico e Tecnológico (PBDCT) lanzado en 1971.
En este marco innovador, la UNICAMP tomó cuerpo
en la década de los setenta como uno de los brazos principales de la ?autonomía
estratégica? perseguida por las autoridades nacionales. Su fundador, Zeferino
Vaz, procuró implantar normas y modelos de investigación interdisciplinaria a
fin de quebrar la añeja división del trabajo intelectual basada en
departamentos y facultades. Como era previsible, Vaz tropezó con obstinadas
resistencias no sólo por parte del Ministerio de Educación, sino que también
la comunidad científica, orientada por tradicionales deslindes disciplinarios,
objetó esta visión sistémica del conocimiento. De todos modos, la UNICAMP
avanzó en el cultivo de las ciencias exactas y de las ingenierías, en
respuesta a las demandas e intereses de las firmas locales. Cursos en ciencias
sociales y en artes se consolidaron ulteriormente. El propósito mancomunado de
los investigadores consistía en adelantarse a las necesidades tecnológicas de
los empresarios, especialmente en campos productivos dinámicos como fibras ópticas,
láser, nuevas fuentes de energía y telecomunicaciones. Les ayudaron, sin duda,
los contactos frecuentes y amistosos de Zeferino Vaz con las autoridades
militares, que manifestaron hondo interés en un estilo de desarrollo dirigido
hacia el exterior y hacia metas estratégicas susceptibles de maximizar la
presencia regional e internacional del Brasil.
La UNICAMP se trazó una lúcida perspectiva de
sus posibilidades y recursos. En lugar de competir con proyectos generados por
la Big Science en países industrializados, se concentró en temas modestos pero
prometedores como la informática. Paralelamente, Vaz estimuló a los
investigadores a publicar en revistas profesionales de vanguardia a fin de ganar
visibilidad internacional. Estas orientaciones le procuraron a la UNICAMP nuevas
fuentes de recursos, especialmente del sector privado, que empezó a apreciar
las ventajas del vínculo academia-industria.
En los ochenta ocurre un cambio cualitativo en la
marcha de UNICAMP y de las políticas nacionales. Brasil y la región
latinoamericana en general padecen una larga restricción estructural que mereció
el penoso nombre de ?la década perdida?. La contracción de los mercados
nacionales e internacionales fue acompañada por una trasnacionalización de los
sectores productivos que implicó la importación ?en paquete? de capital,
conocimiento y liderazgo administrativo. La investigación local fue lesionada
tanto por las restricciones internas como por los controles de las
transnacionales, excepto en los sectores militares, que cuidaron celosamente su
autonomía.
Así, la industria aeronáutica continuó
progresando, mas no fue suficiente como para expandir las actividades de
UNICAMP. El peso relativo de las diferentes disciplinas ?medido mediante la
magnitud del presupuesto y el número de profesores y alumnos? se estancó.
Sin embargo, este centro universitario no dejó de mostrar avances en algunos
sectores, como medicina, economía, biología, y en la apertura de cursos
vespertinos que multiplicaron el número de alumnos. Desde mediados de los
ochenta, la UNICAMP empieza a experimentar las consecuencias ambivalentes de la
globalización de cuño liberal: el reparto del ingreso se torna acusadamente
regresivo, las jóvenes industrias nacionales apenas pueden competir con las
corporaciones multinacionales y la apertura del mercado nacional neutraliza las
medidas proteccionistas de antaño. La política tecnológica brasileña muda
acentos en favor de ramas intensivas en capital al tiempo que debilita la
defensa al productor nacional. Los centros investigadores ?incluyendo los de
la UNICAMP? muestran atonía y desorientación. Se les asigna la función de
adaptar conocimiento producido en ?los centros? a las circunstancias
locales; desatascar ?embotellamientos? se transforma en actividad rutinaria
y frecuente. Las empresas demandan soluciones rápidas y no muestran inclinación
a financiar proyectos a largo plazo. La frustración colectiva desmoraliza a los
investigadores. En la búsqueda de opciones capaces de aliviar la restricción
ambiental, la UNICAMP reconsidera la bondad de la investigación
interdisciplinaria en lugar de la tradicional de carácter segmentario, que se
configura más coherente con las emergentes características de la globalización
liberal. Simultáneamente, procura alentar estudios ?socialmente
pertinentes? dirigidos a contrarrestar las tendencias regresivas de la nueva
estructuración nacional.
Alentar la sensibilidad social de los
investigadores de UNICAMP se convierte así en una tarea no menos importante que
la inserción en las corrientes de la ciencia internacional. Los criterios de
?excelencia científica? deben cambiar con el designio de atender las
angustias colectivas. El ?contrato? institucional es ahora más amplio: la
universidad se compromete a encarar y, si es posible, resolver problemas
sociales básicos. Sin embargo, las discusiones internas no cesan entre aquellos
que aspiran a ajustarse a la nueva realidad y a la segmentación de las
investigaciones por disciplinas a fin de responder a las necesidades de corto
plazo de las industrias, por un lado, y los académicos que asignan a esta
universidad el deber de proponer soluciones a la acuciante cuestión social
brasileña, por el otro.
Algunas conclusiones
La actividad de estas cinco instituciones prueba
?por comisión u omisión? que es posible obtener razonable calidad en la
investigación científica en América Latina cuando se satisfacen tres
requisitos: liderazgo científico que no cede a las tentaciones del protagonismo
político y público; relativa seguridad en el flujo de recursos de capital y
humanos y, en fin, el activo intercambio con los centros disciplinarios
extranjeros (Hodara 1997).
La importancia cardinal del liderazgo es evidente
no sólo en la evolución del IVIC sino en otros casos, como la
institucionalización de la fisiología en Argentina (Prego 1998), la articulación
de un grupo creativo de matemáticos en Uruguay (Chiancone Castro 1997) y en los
casos del Centro de Biología Andina y de la UNICAMP que se presentaron. La
fragilidad y las incertidumbres en la asignación de recursos son conspicuas en
los casos colombianos brevemente reseñados, a los que cabe agregar la
experiencia de las matemáticas aplicadas en la Universidad Autónoma de México
(Adler Lomnitz – Chazaro 1999). Y, en fin, la importancia decisiva del acceso
holgado a la comunidad internacional de científicos es evidente en el
tratamiento de la enfermedad de Chagas en Brasil (Coutinho 1999).
La gravitación de estos tres pre-requisitos en
la sostenida institucionalización del quehacer científico latinoamericano
torna indispensable la necesidad de atenuar el efecto de las fragilidades y
oscilaciones del centro político nacional. Con más fuerza y evidencias ?
?en la periferia de la periferia?. Las experiencias que se están acumulando
sobre el uso y la difusión de los medios ofrecidos por la computación y, en
general, la revolución electrónica, sostienen la idea de formar e
institucionalizar ?colegios virtuales? (parafraseando a los ?invisibles?
de Crane) como una manera de compensar las deficiencias reales del entorno. No
sustituyen de modo alguno a los vínculos personales y a la vivencia activa en
los centros de las disciplinas en contacto directo con sus cultivadores, ni las
maneras convencionales y no menos efectivas de ?hacer ciencia? (Latour
1987). Postulan, sin embargo, otra modalidad de comunicación y supervivencia
profesional e institucional.
De hecho, ya existen y prosperan en algunos
tramos de la actividad científica latinoamericana, especialmente en las
ciencias naturales y en la investigación pura. Es necesario multiplicar y
difundir estos colegios virtuales a fin de diversificar los estilos de
investigación, comunicación y participación científicas en esta región.
Sugerimos que una entidad como UNESCO o la Comisión Económica para América
Latina (CEPAL) podría asumir la empresa de auspiciar y sostener a estos
colegios, si en verdad la ciencia latinoamericana tiende a liberarse de su carácter
acumulativamente periférico.
 
 
Referencias
El autor agradece los útiles e instructivos
comentarios del lector anónimo que juzgó esta monografía.
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JOSEPH HODARA
Universidad Bar-Ilan
jhodaral@bezeqint.net

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